El director general de la Legión de Cristo
y del movimiento de apostolado Regnum Christi exhorta con
la presente carta a vivir la benedicencia, una expresión característica
de la caridad. Así pondremos en práctica el mandato de
Cristo: «Amaos los unos a los otros como yo os
he amado» que es también el lema del Encuentro
Internacional de Juventud y Familia que se llevará a cabo
en la ciudad de Atlanta durante la próxima semana.
La carta
completa puede leerse también en formato pdf siguiendo este
enlace.
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¡Venga tu Reino!
Roma, 19 de julio
de 2007
A los miembros y a los amigos
del Movimiento
Regnum Christi
Muy estimados en Jesucristo:
Les escribo con mucho gusto en
este período en el que Dios nos llama a servir
a la Iglesia con todo nuestro ser, ante todo para
agradecerles sus oraciones, sus cartas y el testimonio de sus
vidas llenas del espíritu del Evangelio.
Dentro de una semana se
tendrá en Atlanta el Encuentro Internacional de Juventud y Familia,
que este año tiene como lema «Amaos los unos a
los otros como yo os he amado». Con el favor
de Dios allí tendré el gusto de encontrarme con muchos
de ustedes. Es natural que no todos tengan la posibilidad
de participar en este evento, y por eso quisiera desde
ahora ofrecerles algunas reflexiones en torno al tema del encuentro:
la caridad.
El mandato de la caridad es el distintivo del
seguidor de Cristo. El hombre está creado a imagen y
semejanza de Dios. Cristo es la imagen del Padre. Y
nosotros hemos de ser imágenes vivas de Cristo. Si Dios
es amor, nuestra vida debe ser amor. Qué hermosa tarea
nos encomienda Jesucristo: hacer presente y real, entre nuestros hermanos
los hombres, a Dios. No a un Dios lejano, del
deber por el deber o del temor, sino al Dios
que no sólo nos ama, sino que se define como
Amor.
Al repasar y meditar en nuestros corazones, a ejemplo de
María, la acción de Dios en la historia de la
Legión y del Regnum Christi, constatamos con renovada gratitud que
el amor ha sido el núcleo de la inspiración fundacional.
Ya desde los primeros años, Nuestro Padre Fundador nos insistía
en la importancia de esta virtud para la vida de
todo cristiano: «La caridad es la esencia del cristianismo, la
caridad es el distintivo del cristiano, por lo tanto, no
deben olvidar que se impone la necesidad urgente e intrínseca
a la misión que Cristo nos ha confiado de vivir
ampliamente el espíritu de caridad y hacerlo vivir a los
hombres» (8 de marzo de 1948). En efecto, sabemos muy
bien que no hay verdadera santidad sin caridad, que con
la caridad todo es posible y que sin ella nuestra
vida cristiana pierde su valor. La caridad no tiene límites,
e incluso, como vemos en tantos hombres que dan su
vida por el Evangelio, puede llegar hasta el martirio, si
es lo que Dios nos pide. Es dar la vida
por amor.
Y en los tiempos actuales es necesario que la
vivamos cada día con mayor plenitud. La caridad –nos dice
san Pablo en su himno sobre la caridad– no acaba
nunca, es paciente, comprensiva, no se engríe, es ilimitada (cf
1Cor 13, 4-8); y esto la hace más grande y
veraz, porque cada día se nos ofrecen múltiples oportunidades para
vivir este mandamiento que nos debe distinguir y caracterizar. El
dinamismo de la caridad exige, además, que sea transmitida con
el ejemplo, ya que esta virtud es donación y entrega
de la propia vida al prójimo: «nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos» (Jn
15, 13). Sin esta donación práctica, las palabras quedarían vacías:
«Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a
su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo
puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos,
no amemos de palabra ni de boca, sino con obras
y según la verdad» (1Jn 3, 17-18).
Sabemos que la caridad
es multiforme y abarca una inmensa gama de matices. Basta
detenerse unos instantes a contemplar el testimonio de tantos cristianos
auténticos que viven a nuestro lado para descubrir y maravillarnos
de las formas tan variadas e ingeniosas que adopta esta
virtud. Cuando se busca el bien del prójimo, la caridad
se llena de iniciativa, de delicadeza y de ingeniosidad. Lo
hace con sencillez. No busca pregonar que está haciendo el
bien; simplemente lo hace, buscando ser un espejo del amor
de Cristo hacia los hombres. Llega hasta los más pequeños
detalles, llega a cuidar hasta si alguna broma o comentario
pudiese lastimar o herir al prójimo. Conoce a fondo al
otro, no para juzgarlo, sino para favorecer todo el bien
que le pueda hacer, y evitar todo aquello que le
pudiese llegar a herir.
Pero entre las múltiples manifestaciones de la
caridad, hay una que se nos pide de manera particular
a los miembros del Movimiento Regnum Christi, sobre la que
quisiera ahora detenerme un poco más: la benedicencia.
¡Cuánto hemos de
cuidar esta virtud! Es aquello que nos debe caracterizar, estemos
donde estemos. ¿En qué consiste la benedicencia? Es una palabra
prácticamente desconocida en el mundo en que vivimos; ni siquiera
aparece mencionada en el diccionario. Sin embargo, sí se encuentra
la palabra maledicencia, que designa el pecado contrario. Si la
maledicencia es el vicio de hablar mal de los demás,
la benedicencia es la virtud de hablar bien del prójimo.
Para nosotros, la benedicencia es un apostolado. Vencer el mal
con el bien. La benedicencia es una forma de apostolado
que todos podemos realizar, es un modo concreto de pasar
por el mundo, como Jesucristo, «haciendo el bien» (Hch 10,
38) y de edificar y servir a la Iglesia.
La maledicencia
es un vicio que ofende gravemente la caridad, porque difunde
sin motivo ni necesidad objetiva los defectos, los errores o
los pecados de otras personas, dañando de este modo su
reputación. Nadie tiene derecho a herir la buena fama de
los demás. La benedicencia, por el contrario, busca únicamente difundir
lo positivo que hay en los demás.
La benedicencia también es
contraria al juicio temerario, que admite como verdadero, sin tener
motivos suficientes, un defecto moral del prójimo. Los juicios temerarios
nos llevan a la sospecha y al alejamiento del prójimo.
Es la triste realidad de quien llega a “encasillar” o
a catalogar a una persona, viendo más allá de sus
actos e interpretando negativamente sus intenciones. Siembra duda, guarda silencios
ante la buena fama del hermano, genera inquietud y malestar,
roba la paz. Muchas veces juzgamos al prójimo atribuyéndole nuestros
propios defectos. Sin embargo, el corazón bondadoso busca pensar bien,
justificar, perdonar, comprender. El hombre de Dios tiene presente sus
propios defectos, no para juzgar al prójimo, sino para vivir
con humildad y siendo apóstoles de lo bueno. No somos
nadie para juzgar al prójimo. Sólo Dios es el juez.
Y, bien sabemos, esto produce paz en el alma. ¡Qué
don tan grande es la paz! «Busca la paz, corre
tras ella» (Sal 34, 15). Pues bien, un medio muy
bueno para conseguir este regalo que Dios nos da, en
la paz, es fijarnos en todo lo bueno, tanto en
pensamientos como en palabras.
Cuando por razón de la autoridad de
que alguno esté investido, se tenga responsabilidad sobre los actos
de otras personas, hemos de actuar sirviendo y buscando el
bien, siendo realistas ante el mal, pero no para juzgarlo,
sino como el médico, para sanarlo y curarlo, aunque el
remedio sea doloroso. Lo único que se busca es el
bien del prójimo, como nos enseña Jesucristo en la parábola
del buen samaritano que acabamos de meditar el domingo pasado:
nos inclinamos hacia el hermano herido o caído, para vendarlo
con suavidad, subirlo en la propia vida y asegurarnos de
que esté bien atendido y cuidado, sin importar lo que
nos pueda costar y sin pensar en que también nosotros
estamos necesitados de ayuda.
Y en tercer lugar, la benedicencia se
opone a la calumnia, que como nos dice nuestra fe,
es un pecado gravísimo que atribuye al prójimo y divulga
injustamente cosas falsas que lesionan su buena fama. En la
calumnia se suman la difamación y la mentira, y por
ello pienso que es uno de los pecados que más
entristecen al corazón de Jesucristo.
Al igual que sucede con las
demás virtudes, no se trata de vivir la benedicencia a
la defensiva, simplemente preocupándonos por no fallar, por "no criticar";
se trata más bien, de cultivar una actitud interna, decididamente
positiva, una buena disposición habitual que nos impulse a ejercitar
esta virtud. No podemos, pues, conformarnos con silenciar los defectos
y errores de nuestros hermanos ante los demás. En sí,
esto ya es algo muy bueno pues, como decía el
apóstol Santiago, «si alguno no cae hablando, es un hombre
perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo» (St
3, 2). Desde este punto de vista, nunca podremos sentirnos
justificados para hablar mal de nadie, de cualquier persona, pues
sería lo opuesto a lo que Cristo nos predicó con
sus palabras y su vida. Pero la benedicencia va más
allá, busca difundir el buen nombre de los demás, valorando
sus cualidades, señalando sus virtudes, destacando sus aciertos, sus logros
y éxitos, alabando cuanto de bueno y virtuoso descubramos en
ellos. Así, esta virtud se convierte en un apostolado, pues
se transforma en caridad constructiva.
La benedicencia, como toda virtud, exige
una conquista personal. No se da normalmente de modo espontáneo
y natural. Tiene en su origen otro hábito aún más
profundo: el pensar siempre bien de nuestro prójimo, estimarlo sinceramente
en lo más íntimo de nuestro corazón. Esto implica vigilar
sobre nuestros pensamientos, combatiendo muy principalmente los prejuicios, fuente de
frecuentes y persistentes disensiones, cultivando con esmero la bondad, la
comprensión, la afabilidad y la cortesía y, por encima de
todo, siendo leales, justos y sinceros en sentimientos y palabras
unos para con otros. Cristo supo esperar y comprender a
los demás. Cristo, encontrando muchos pecadores, los acogió con corazón
bondadoso y no justiciero. No difundió los errores de los
pecadores, sino que los acogió con un corazón lleno de
comprensión y bondad. ¡Qué conversiones logró con un poco de
comprensión! Rechacemos tajantemente los sentimientos de celos, envidias, rivalidades y
rencores. Que todo esto no tengan cabida en nuestro corazón,
pues, como cristianos, estamos llamados a apoyarnos mutuamente y a
ser una familia de hermanos en el amor de Cristo,
que se aprecian, se estiman y se sirven con gran
solicitud. «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con
él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman
parte en su gozo», dice San Pablo (1 Cor 12,
26).
Jesucristo nos enseña que «el hombre bueno, del buen tesoro
del corazón saca lo bueno; y el malo, del malo
saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón
habla su boca» (Lc 6, 45). El "hombre viejo" –del
que nos habla San Pablo (cf Col 3, 9)– herido
por el pecado original, tiende a fijarse más en los
fallos y defectos ajenos que en sus virtudes y aciertos.
Pero los cristianos contamos con el auxilio de la gracia
de Dios, en nosotros habita su Espíritu y tenemos, pues,
las fuerzas que necesitamos para sobreponernos a esta tendencia, cultivando
siempre pensamientos buenos y positivos.
Nuestro Padre Fundador nos aportaba un
consejo práctico en su carta sobre la caridad evangélica: «Cultiven
el hábito de fijarse siempre en el lado positivo de
las personas. Y aunque la evidencia les muestre que tal
o cual persona adolece de graves deficiencias, ustedes pregúntense: ¿Y
detrás de esto que veo, qué cualidades y virtudes encerradas
guarda esta persona?» (22 de octubre de 1993). El hombre
bueno lo ve todo con ojos de bondad. De este
modo, el mal será vencido con el bien: «No te
dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal
con el bien» (Rom 12, 21). A tal grado debería
ser un hábito en nuestras vidas, que, si en alguna
ocasión se nos "escapara" una palabra que no hubiéramos querido
decir, deberíamos disculparnos al instante y luego resaltar lo bueno.
Tengamos siempre presente la consigna que desde los primeros años
de la fundación hemos aprendido en el movimiento: creer todo
el bien que se oye, y no creer sino el
mal que se ve; y éste, disculparlo internamente. También Jesús,
nuestro Redentor, en los últimos instantes de su vida, desde
el tormento de la cruz disculpó en su corazón a
sus verdugos y a todos nosotros, por quienes se ofrecía:
«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Pido
a Dios que nos dé su gracia, para que nos
sigamos esforzando, con todo nuestro corazón, por vivir con la
mayor perfección y crecer en la virtud de la benedicencia,
tanto con conocidos como con extraños, con quienes nos simpatizan
como con quienes naturalmente nos pudiesen a llegar a costar
más. Si amamos sólo a los que nos aman, ¿qué
mérito tendremos? (cf Mt 5, 46). Son muy claras las
invitaciones que Jesús nos hace a este propósito en las
páginas de su Evangelio: «No juzguéis, para que no seáis
juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados,
y con la medida con que midáis se os medirá.
¿Cómo es que miras la brizna que hay en el
ojo de tu hermano, y no reparas en la viga
que hay en tu ojo?» (Mt 7, 1-3). «Id, pues,
a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no
sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino
a pecadores» (Mt 9,13). «Amad a vuestros enemigos y rogad
por los que os persigan, para que seáis hijos de
vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos
y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,
45).
La actitud cotidiana de Jesús hacia todos y cada uno
de los hombres, mujeres y niños con los que se
encontraba, hacía muy viva su predicación. Imitemos a Cristo en
esto. Sus palabras eran objeto de admiración: «Jamás hombre alguno
ha hablado como este hombre» (Jn 7, 46). Y no
sólo por las verdades que proclamaba. También por el corazón
manso y bondadoso del que procedían. ¡Con cuánto tacto y
delicadeza Jesucristo corrige a Simón, que había juzgado negativamente a
Jesús y a la mujer postrada a sus pies, y
defiende la dignidad, el arrepentimiento y los gestos de amor
de la pecadora! Cuando, por ejemplo, en la familia o
en el trabajo nos toque dar una negativa, o tengamos
que comunicar una noticia desagradable o aportar una corrección que
podría herir a alguien, hagámoslo con la mayor caridad. Hagamos
ver que a pesar de que se trate de una
negativa o de un remedio doloroso, lo único que pretendemos
es el bien. No se puede buscar el bien y
hacer uso de medios que no están apoyados o justificados
por la caridad. La caridad y la benedicencia no son
un medio para lograr un fin determinado. Son, precisamente, el
mismo fin por el que hacemos todo.
Busquemos ser siempre promotores
de lo bueno, difundir las obras buenas que emprenden tantas
personas. Que a través de nuestras palabras los demás aprecien
más y mejor al Santo Padre, a los obispos, a
los párrocos, a los sacerdotes, a los demás movimientos y
realidades eclesiales. Que a través de nuestras palabras, todos tengan
una palabra de aprecio y de aliento. Una aplicación muy
clara es en el campo del ecumenismo. El diálogo en
la verdad y en la caridad. El cardenal John O’Connor,
que recordamos con tanta admiración, cuando era arzobispo de Nueva
York, tenía como lema: "No puede haber caridad sin justicia". Hemos
de vivir con justicia, pero no con la actitud del
justiciero ni del que aplica la ley, sin más. La
justicia tiene su corona en la caridad. Que seamos lo
que nos pide el Evangelio: sal de la tierra, luz
del mundo, fermento, por medio de la caridad (cf Mt
5, 13-14).
No podemos cerrar los ojos y decir que en
el mundo no hay mucha intriga, calumnia y maledicencia. Lamentablemente
es lo que llena muchas conversaciones, convirtiéndose casi en un
pasatiempo. A la vez, estoy seguro de que Jesucristo, a
cada uno de nosotros, y viviendo como un solo cuerpo,
nos pide mantener firme esta bandera y distintivo del cristiano,
acompañando y amando universalmente. El cristiano no tiene fronteras. No
hay razas, culturas, ni nada que nos separe en la
vivencia del mandato de Cristo. Que cada una de nuestras
palabras sean positivas y tengan el signo de Cristo, manso
y humilde, sobre todo en medio del sufrimiento, en los
momentos de prueba o de especial dificultad. Busquemos sólo edificar,
cortando con todo aquello que presente el más leve indicio
de crítica o murmuración. Que al vernos, las almas puedan
decir lo mismo que se decía de los primeros cristianos:
mirad cómo se aman.
Creo que debemos dar gracias a Dios
por el maravilloso ambiente de caridad que se vive en
el Regnum Christi, pues es una clara muestra de la
presencia de Cristo en medio de nosotros. Es lo que
vemos también en tantos otros Movimientos y grupos, pues el
Espíritu Santo actúa en nuestra Iglesia. Es nuestra responsabilidad conocer,
vivir y transmitir el carisma con la misma fidelidad de
los legionarios y miembros del Regnum Christi que nos han
precedido y que ya están en la casa del Padre.
Ellos han sido un claro ejemplo de lo que significa
vivir la caridad con todos sus matices.
Que la Santísima Virgen,
ejemplo elocuente de caridad delicada, fruto de un corazón lleno
de amor por los hombres, nos acompañe muy de cerca,
sabiendo que nos lleva al puerto seguro. Con Ella, descubrimos
la seguridad que proviene, no de la autosuficiencia, sino de
la humildad y del gozo de saber que Dios nos
ha invitado a ser espejos fieles de su bondad y
nos asiste con su gracia.
Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones,
quedo de ustedes seguro servidor en Jesucristo,
Álvaro Corcuera, L.C.